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    February 27

    Bienvenida a este mundo, pequeña.

    Bienvenida a este mundo, pequeña. Es lo que tendrían que haberme dicho al abrir los ojos. Al descubrir que estaba viva. O para hacérmelo descubrir. (porque tiene que haber un punto, más allá de cuando naces y berreas y eres una cabeza con cuerpo y berreas y berreas y te quejas y te metes el dedo en la nariz y gritas y te tiras al suelo en los supermercados y te comes las pinturas que agarras con el puño cerrado contra el papel, en el que te des cuenta de que estás vivo. Un punto en el que abras los ojos, como si los hubieras tenido nublados hasta entonces,  y necesites que alguien te diga “bienvenida a este mundo, pequeña”, eso, o te tire un jarrazo de agua fría y te pellizque y te diga “hasta aquí sólo ha sido una espiral roja, ahora abre mucho los ojos o vas a perdértelo todo”; porque si no, si nadie te da la bienvenida o te pellizca o te despierta a besos y tortas, lo único que te queda es la sensación de que, en un punto indeterminado de tu vida, te mojaron la cara, pero tú sólo lo sabes porque te has echado las manos y aún la tienes húmeda. Y ya no puedes saber cuánta película te has perdido.)

     

    Bienvenidos a este mundo, pequeños.

    February 17

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    Me mareo, me mareo porque me estoy ahogando. Y ojalá pudiera desmayarme.

    Mal es un eufemismo. Voy a acabar vomitándome a mi misma; y ojalá pudiera desmayarme y olvidar el frío agudo que me corta los huesos, que me taladra la garganta. No puedo; no puedo respirar. Ni siquiera puedo deshacerme parte a parte, reconstruirme de otra manera. Quiero dejar de buscar debajo de las letras (quiero no pensar en las letras ni siquiera). Aprendí a leer seis por cada línea escrita. Y ahora me pesan demasiado. Ya vi demasiado como para no torturarme ahora, ahora que estoy ciega y lo veo, y se que está, y no consigo leerlo. Ahora no se qué pasa, ahora no entiendo nada.

    Yo sólo quiero desmayarme.
    February 15

    Uno.

    Recuerdo una frase leída en algún sitio y repetida luego hasta la saciedad: "Lleva cuidado con lo que deseas en la juventud, porque lo tendrás en la edad madura". Junto a ella aparece otra de semejante calibre que la complementa y que fue para los de mi generación tan importante como la primera: "A partir de cierta edad cada hombre es responsable de su rostro".
    He querido citarlas a propósito de mi amigo Luis Mary, que se las aprendió a una edad terrible, situada entre el final de la adolescencia y el principio de lo que luego resultó ser la juventud, y se las creyó hasta el punto de convertirlas en un programa de vida. Si deseó lo correcto o no  , el diablo y él lo sabrán , lo cierto es que a los treinta y cinco tenía el rostro  que caracteriza a los habitantes de las tinieblas, como ejemplo vivo de lo que puede ser una madurez precedida de un pasado turbulento y rico en toda clase de experiencias extrañas, prohibidas o no.
    Necesito vivir así, decía él, para acumular experiencias. Quiero ser escritor y los escritores no pueden ser vulgares. Tú no quieres ser escritor, le responcía yo desde una posición vital que a él le parecía ruín y mezquina, El que quiere ser escritor soy yo, a ti lo que te gusta es ser un personaje de novela, y hay que elegir entre una cosa y otra porque no se puede ejercer las dos al mismo tiempo...
     
    Luis Mary, más ingenioso que yo y también más hábil para la resolución de cuestiones cotidianas comenzó entonces a buscarse la muerte.
     
    Papel mojado, Juan José Millás
    February 11

    Cómo no pensar en nada, o cómo engañarse y pensar a través de tus alter egos.

    No se mucho sobre él. Ni siquiera él mismo lo sabe. A veces piensa que odia el ruido de la sirena de las fábricas, que le da sensación de estado de excepción. A veces piensa que le encanta, que le gusta oírlo mientras pasea por el descampado, la libertad con la que se expande el ruido grande y liso sobre el llano pedregoso.

    Estaba subido en un manzano (y era pelirrojo). Y pareció un gato. No por otra cosa, sino porque subió con una agilidad increíble y luego no se atrevía a bajar.

    Y no parecía un niño. No hubiera sabido decir cuántos años tenía, una edad indefinida entre la adolescencia y la treintena. Él no hubiera sabido decir cuántos tenía, seguro que una edad indefinida entre la nada y el yo.

    Y no era un niño (o quizá esa sea yo llevada por otro convencionalismo acerca de la edad), al menos no para andar subiendo y no bajando de los árboles, como un Tarzán lisiado, como una Chita idiota.

    O quizás fuese una chica. Una chica pelirroja subida a un manzano, una chica pelirroja que no se atreve a saltar (o se regodea en el vértigo que da el mirar hacia abajo, mientras muerde la manzana) y me clava los ojos inquisidores queriendo decirme (con  la boca abierta y los dientes clavándose, y un pie colgando al vacío) qué haces, se que me estás mirando, y se que te va a dar vergüenza que te demuestre que yo lo se...

    Y agacho la vista. Pero da igual, porque aún le veo. Es un todo desordenado (haciendo juego con el pelo corto y revuelto) subido a un árbol. Es un vértigo, es un cambio, es una duda. Es un juego...

     

     

    ¿Quién es? Lleva ahí parada tanto tiempo...Me está sicoanalizando, seguro. Está demasiado quieta. ¿Quiere una manzana? Que suba al árbol. ¿Quiere irse? Que corra. ¿Quiere hablarme? Que lo haga. Parece una estatua voluntaria, una chica autista. Que suba aquí conmigo, a colgar los pies, a sentir el viento, el vértigo...a jugar a sentir.

    ¿Por qué agacha la vista? Si me está mirando ¿es que no puedo hacer yo lo mismo? ¿Le ofende el hecho de que tenga la misma posibilidad que ella? Parece un búnker. Está encerrada. Y se que me está mirando, aunque disimule. Se que me sigue pensando. Y no lo soporto. ¿No es capaz de venir y decir lo que quiera? ¿No es capaz de ocupar su trocito de vida, su trocito de cielo, su trocito de tierra, su trocito de libertad? Seguro que se muere de ganas...

     

     

    Por salir corriendo detrás, la vida, el alma, el espíritu. Por seguirla y agarrarla todo lo que aprecio. Por hablarla, todo el tiempo que hubiera.

    Pero no pude. Vi que se cansó de esperar, que saltó como el gato que era en realidad, aunque se hubiera fingido miedoso, al suelo, que anduvo deprisa y decidida. Que se dio la vuelta y me taladró con aquellos ojos, que seguro lo veían todo, y me dejó la manzana en el suelo. Y se fue.

    Por salir corriendo detrás, la vida, el sueño, el tiempo...